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CR7 en pack

El otro día fui al médico a que me recetara algo para el resfriado. ¿Dónde le duele?, ¿desde cuándo está mal?, ¿produce mocos?, abra la boca y día AAAAAAA. Fácil para él: sota, caballo y rey. En la sala de espera, todos los asientos ocupados, incluso uno que estaba a un tris de romperse. Toses y malas caras. La luz fluorescente del techo se encendía y apagaba a su antojo, como riéndose de todos los que esperábamos allí. Pensaba yo: tantos años estudiando medicina, con lo que cuesta sacarse la carrera, para acabar pasando consulta en un antro como éste y recetando las mismas pastillas y supositorios. No he dicho que faltaba más de un azulejo en la pared, la cisterna de los servicios parecía no funcionar bien y se oía en la lejanía cercana como un pequeño torrente. Para colmo, la puerta de acceso al centro chirriaba cada vez que la abrían y golpeaba con fuerza el marco cuando se cerraba. Una película de miedo, vamos. Menos mal que no vamos todos los días al cine.

Lo malo es que hay películas que vemos de lunes a domingo y no se oyen ecos de malestar por ningún lado. Quiero decir, tantos años estudiando periodismo para acabar haciendo el borrego en televisión. Entiendo que debe ser complicado rellenar un espacio informativo cuando no hay nada que contar, aunque con lo grande que es el mundo es difícil no encontrar contenidos. Dos opciones: o machaco al personal con lo que ya ha salido en ediciones anteriores, o me invento algo que parece una noticia.

Esto es más evidente en el periodismo deportivo. ¿Qué informativo no tiene su microespacio dedicado a CR7? Da igual que meta goles con el culo o que se le haya reventado un juanete a su novia. Todo es una revelación. No, no se molesten en cambiar de canal, como unos se copian a los otros, es lo mismo. ¿Qué sería de nosotros sin nuestra ración diaria de gilipolleces? Que no hace falta que acuda al doctor, so bobo, ya le digo, esto es una toma en la comida y otra en la cena hasta que se le fundan los plomos.

Las dosis de ‘futbolismo’ se venden como los packs de atún, enlatados y encartonados. Es que a mí no me gusta el atún. Pues se aguanta, oiga, es lo único que hay y está de oferta perpetua.

¡Uf!, menos mal que siempre nos quedará Jordi Hurtado, que es que los grandes clásicos nunca aburren, siempre son nuevos aunque no se den gomina.

Qué lejos ha quedado aquello de buscar en una enciclopedia de las de antes la palabra ‘deporte’ y, después de leer la definición, podías contemplar con gusto ejemplos ilustrados sobre hípica, atletismo, petanca, esquí acuático, tenis, alpinismo, tiro con arco, lanzamiento de troncos, natación… Entonces el mundo no tenía color, era en blanco y negro, pero no había tanta tontuna.

Pues a ver si va a ser por la tontuna, o por la tortura por lo que la televisión tradicional pierde espectadores que se van corriendo a internet a cambiar el pescado enlatado por el fresco, huyendo a grandes saltos como si fueran pulgas amaestradas de un circo, que se han hartado de dar cabriolas y saltos mortales.

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Todos con el gadget

Gadget

Hace años, cuando la gente paraba en un semáforo se mordía las uñas o, en el peor de los casos, se metía el dedo en la nariz. Ahora lo que se lleva es chatear con el whatsapp. Digo yo que esa permanente conexión debe ser miedo inconsciente a perder el ritmo del planeta y de todos sus habitantes, a no enterarse de la rotación terrestre. Y la Tierra entera gira hoy entorno a la tecnología y la ciencia. El dilema aparece cuando no sabes si es mejor vivir en ese estado de perpetua saturación o levantar el pie del acelerador y llevar una existencia más relajada, aun a riesgo de perder el compás de la actualidad.

A no ser que uno quiera ganarse la vida participando en concursos televisivos, es cuestionable que ese exceso de información desemboque en algo pragmático o beneficioso para nosotros a corto o medio plazo. Me pregunto si no estaremos asistiendo al nacimiento de una sociedad carente de auténticos especialistas, donde todos saben un poco de muchas materias. Por supuesto, ya no es necesario ir a algún centro de formación, al menos de forma presencial, para instruirse. Si algo aporta la metodología online es la democratización de la ciencia, la erudición, a unos costos alcanzables para la mayoría. No es descabellado pensar que solamente visitando con frecuencia ciertos foros podemos adquirir pericia y soltura en algún campo ¿Y tú qué eres? Yo soy médico, carpintero, filósofo, sexador de pollos… aunque no del todo exactamente.

Si, como parece, venimos del mono y éste, cuando no está buscando comida o perpetuando la especie, está de chismorreo con sus semejantes, quiere esto decir que, en realidad, no ha cambiado tanto la cosa. En el futuro cercano podremos mantener una conversación distendida sobre la fusión nuclear, por ejemplo, con el dependiente de nuestra frutería favorita, y, de camino a la misma, pues le mandamos un mensaje a un amigo: «Hola, qe ase?», «studiando stadistica aplikda y jardinría m’has piyao».

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España, camisa blanca… o a cuadros

Me entero de que Carlos Fabra ingresa, por fin, en prisión. Consciente o inconscientemente, siempre asocio a este señor con la imagen que salía en la televisión de de los años 70 de un Congreso de los Diputados en blanco y negro, donde todos andaban encorbatados hasta la nuez, vestidos de uniforme y más tiesos y estirados que el palo de la bandera. Las gafas de sol negras y el bigote reforzaban esa aureola de figura inaccesible e impenetrable. Por allí andaban también, como no, los ministros de la Iglesia. Esos sí que daban miedo. Pertenezco a esa generación que vivió los últimos jadeos del franquismo y el paso a la democracia sin tomar plena conciencia de lo que aquello significaba.

Dice Pérez-Reverte que España es un país de grandes oportunidades perdidas. Estoy lejos de conocer la historia tan bien como él, pero me da la impresión que el punto en el que estamos bien puede ser uno de esos momentos decisivos en que nos jugamos todo a doble o nada. Es ésta una guerra multimedia, donde los escenarios cambian al minuto y hay que salir con lo puesto. No puede estar el panorama más animado.

Afortunadamente, este enfrentamiento mediático es a cara descubierta. Los nuevos líderes políticos circulan a la misma velocidad que las nuevas tecnologías. Debe ser por eso que no les da tiempo a ponerse la americana y aparecen en los platós en mangas de camisa y con aspecto un tanto desaliñado. Alberto Garzón, Pablo Iglesias, Íñigo Errejón… Ciertamente, se agradece esa fresca insolencia en el vestir. No hay mejor forma de empatizar con alguien que ponerse los mismos trapos. Y ahora, los que marcan tendencia en la moda son los que hasta no hace mucho pertenecían a la maltratada y desaparecida clase media. Se han vuelto todos unos descamisados. Negocio seguro.

La pregunta sale sola: ¿Se pondrá el señor Fabra el traje de rayas para conectar mejor con sus nuevos coleguitas o seguirá metido en su torreón, ahora, además, con rejas?

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Maldito Black Friday maldito

La pregunta que siempre me hago en un día como hoy: ¿Estaré viviendo en Pennsylvania y no me habré enterado? Pero no puede ser, yo veo mucho la tele y no han dicho nada.

Hace años teníamos Viernes Santo —qué rollo—, luego vino el viernes 13 —la cosa se animaba—, y ahora parece que solo existe el otro viernes, el negro. Entre tanto viernes, también aparecieron Papa Noel y halloween. No sé si me olvido de algo o de alguien. Que me perdone. A lo mejor, en poco tiempo, el día de la marmota pasa a ser fiesta de interés turístico nacional en Albacete, por ejemplo.

En este momento del partido debería tener asumido que las costumbres y tradiciones pasan de una cultura a la otra sin ningún miramiento. Yo creo que la globalización ha existido siempre. No obstante, sigo sin entender porque nos traemos de fuera costumbres que chirrían tanto y se acoplan a nuestra idiosincrasia de la misma manera que un guante a un pie y, por encima de todo, nos incitan de una forma u otra a comprar algo. ¿Es el consumo alocado nuestro destino maldito?

A ver si va ser que los de fuera nos cuelan cualquier tontería, aprovechando que nos hemos levantado de la siesta y nos ven medio atontolinados. Algo debe andar mal en este país de traca cuando a poco que tengamos dos euros igual nos compramos unas Nike último grito, aunque el único deporte presente en nuestras vidas sea el que aparece en la caja tonta.

Lo siento, pero hoy me voy al teatro. Porque me da la gana. Y vamos a dejarlo ahí.

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El marketing a codazos

Esta tarde he asistido a un seminario sobre marketing online. Lo de asistir es solo una forma de decirlo, porque he estado las dos horas y pico que ha durado con los ojos puestos en la pantalla y los auriculares dentro de mis oídos. Debo confesar que no he aguantado hasta el final. Cuando ha llegado el turno de preguntas me he desconectado y he pasado a otras cosas.

Después de un rato, aún seguían dando vueltas en mi cabeza un montón de contenidos y nuevos conceptos que con toda seguridad no explotaré ni al cincuenta por cien. Realmente, la tecnología y todo esto de la gestión de la información y el análisis de datos no hace sino confirmar lo que siempre he sabido: que lo que no se mide no se sabe y lo que no se sabe no se puede mejorar.

Ahora bien, yendo un punto más allá de esta reflexión, me da que pensar el hecho de que el fin último de todo esto sea vender a lo bruto. Y no solo esto, sino que para destacar un poco y hacerse ver en la selva de internet hay que ir repartiendo codazos, y nunca ha habido que estudiar tanto ni estar tan preparado intelectualmente para ser el mejor en eso.

Aquí lo dejo.

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Hablando de Adriano

«La vida era para mí un caballo a cuyos movimientos nos plegamos, pero sólo después de haberlo adiestrado. Como en definitiva todo es una decisión del espíritu, aunque lenta e insensible, que entraña asimismo la adhesión del cuerpo, me esforzaba por alcanzar gradualmente ese estado de libertad —o de sumisión— casi puro…». Frase que he leído recientemente en «Memorias de Adriano» de Marguerite Yourcenar. El texto de todo el volumen me parece magnífico. Claro, descubro en los créditos que la traducción al español es de Julio Cortázar.

Siempre que pienso en Cortázar me vienen a la mente dos cosas: «Rayuela» y el jazz. Y cuando pienso en el jazz, el primer músico que me sale es John Coltrane y su «Blue Train». Me paro aquí, no quiero seguir encadenando personajes, tengo bastante con estos. No obstante, la magnitud de su obra, de los tres, me lleva a reparar en la concentración necesaria para poder crear algo tan singular. Y ésta la vinculo fuertemente a la soledad, al aislamiento.

Recuerdo finalmente en lo que había escrito en la contraportada del libro. Se hace referencia a una frase que aparecía en una carta de Flauvert: «Los dioses ya no existían, y Cristo no estaba todavía, y de Cicerón a Marco Aurelio hubo un momento único en que el hombre estuvo solo». Añade luego Yourcenar: «He pasado una gran parte de mi vida tratando de definir, y luego describir, a este hombre solo y por otra parte en relación con todo».

Uno tiene sus referentes, pero nunca sabe si van a aparecer o por donde van a hacerlo, y, desde luego, nunca cae en la cuenta de lo duro que es el desamparo del pionero, del ser humano en general.

Aquí lo dejo.